Inteligencia emocional
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Carguémonos de recuerdos

Carguémonos de recuerdos

No recuerdo una Semana Santa sin lluvia. Mi marcador somático de esta semana tiene grabado agua.

Es misteriosamente bello comprobar que no todo el mundo recordamos lo mismo ni guardamos en nuestra memoria la misma emoción, el mismo perfume o el mismo color ante un mismo estímulo. Sin embargo, nuestros recuerdos forman parte de nuestro patrimonio personal y son nuestro mejor activo. Nuestros recuerdos, nuestras emociones y los aprendizajes asociados a ellos son las arrugas que van surcando nuestro cerebro y nuestro corazón.

Miro por la ventana con mis hijos y debemos parecer tres cachorros de husky siberiano con el hocico pegado al cristal soñando con una buena carrera, pero es en estos días con lluvia pero sin mar en los que toca bucear entre libros y notas, conceptos e ideas, cuando comprendo definitivamente qué significa ser el dueño de mi destino y el capitán de mi alma, qué implica elegir ser responsable y no víctima ante los mismos hechos e interiorizo para siempre que la felicidad es una responsabilidad mucho más propia que ajena y que depende en gran medida de mi capacidad para ver luz en la noche.

No creo que a ninguno de nosotros se nos olvide dónde estuvimos en la Semana Santa del 2020 cuando todavía moría mucha gente, en la que fuimos convenientemente advertidos de que nuestro modelo de vida “rien ne va plus” y en la que comprobamos lo que pasa cuando el ser humano recuerda lo que en esencia es, un ser grupal y colaborativo, social y emocional, solidario y empático.

No sé cómo será el mundo cuando volvamos a salir ahí fuera, pero desearía con todo mi corazón que no olvidáramos nunca que somos los individuos, las personas, los auténticos responsables y protagonistas; que recuperáramos nuestra consciencia más ancestral y grupal y que fuéramos capaces de volver a gestionar derechos y obligaciones que, por importantes, nunca deberíamos haber cedido en usufructo a otras manos. Recuperar una ciudadanía responsable y no necesariamente obediente que mantenga intacta su libertad para soñar, para pensar por sí misma, para mantenerse unida y para decidir.

Somos vulnerables, necesitamos a los demás y vivir es una responsabilidad maravillosa que merece la pena ser ejercida. He elegido que estos sean algunos de mis recuerdos y aprendizajes de esta Semana. Otros no los podré elegir, simplemente se grabarán sin querer en mi memoria como el color del cielo o el aire que respiro juntos a mis hijos desde la ventana donde los tres contamos los días que nos faltan para volver a vivir, para recuperar nuestra libertad.

No creo que a partir de ahora recuerde solo la Semana Santa con lluvia. El mundo, como nuestra propia vida, va a ser lo que nosotros hagamos que sea.


José Antonio Gutiérrez:

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